Han pasado ciertos años desde que
el mocoso llego a este mundo desde esa frontera llamada vientre materno, ya no
es una masa de llanto, grasa y hambre insaciables…llora menos, tiene mas grasa
y come el doble pero obtiene una habilidad a la cual los humanos le hemos
restado importancia: aprendió a caminar. Llámese caminar al arte que tienen los
niños a arrastrarse por el piso, ingiriendo cuanto ser vivo (u objeto) se le
cruza por el camino, pero a fin de cuentas despegamos el trasero del piso y eso
es un avance tecnológico. El infante es, por momentos, el rey de la casa; al
que se le mima y se le consiente cuanta payasada hace y sonríe al mundo
inocente de la tormenta que se perfila en su horizonte…una que forjara su carácter
y terminara por hundirlo en un pozo de remordimientos y autocompasión sin par.
Conforme su infancia transcurre; su joven madre le enseña los rudimentos básicos
de la sociedad venezolana: Tocar con los ojos, mirar con las manos; si llora
sin causa aparente, pronto descubrirá que más vale tener una causa para llorar,
jamás deberá cruzar por el medio de una reunión sin pedir permiso, entre otras
cosas. Es decir, se le forjara para que se comporte como un esclavo, perdón,
como un ser civilizado y no como un bicho raro. Para lo único que el ser humano
jamás prepara a sus descendencia es para la violencia, somos los reyes de la
cadena alimenticia de nuestro planeta, el supremo depredador, pero la violencia
hacia nuestros congéneres nos asquea, y en esta ocasión no es una excepción a
la regla, el pequeño comienza a notar y a aprender que la violencia es mala
cuando no es en tu círculo familiar, pero puertas adentro es el método de educación
favorito de su madre, no hay mala acción que pase sin llevar su “justa” corrección
tanto física como verbal. Desde malcriadeces hasta discusiones de hermanos,
todas llevan a la violencia, todas y cada una de ellas hacen que la correa y el
objeto más cercano a su madre sea el instrumento de castigo, y pobre de él si
sus marcas son vistas, pues harían del infierno un destino turístico. Aquellos días
se convierten en años de educación y reeducación constantes, pues el pequeño
comienza sus días de escuela y ahora es que la tormenta empieza a rugir.
Muchos años de castigo y
enclaustramiento, convierten a nuestro pequeño protagonista en un ser bastante
miedoso y tímido, un ser introvertido pero con una capacidad analítica bastante
sorprendente para su edad; alguien que encuentra refugio en lo único que le
permiten hacer y con bastante libertad: leer. A su corta edad sueña con esos
mundos que contienen los libros y deja que su mente se libere de las cadenas físicas
de este mundo, para ser un rey poderoso o un valiente guerrero, esa libertad
mental le da cierto descanso ante tanta violencia que para él no tiene lógica ni
sentido. Se compara a los demás niños y se da cuenta de que es el único al que
se le prohíbe casi todo y solo tiene un amigo; uno que es diametralmente
opuesto a él. Pero ni las visitas de su nuevo amigo le dan libertad más bien le
brindan nuevas razones a su madre para que lo discipline mejor y más
severamente. Una simple caída se transforma en algo que ocultar, una mancha es
algo inconcebible, una raspadura de rodilla debe ser sanada casi con magia si
quiere evitar represalias, pero aun a pesar de tanta violencia, no le guarda
rencor a nadie; simplemente se pregunta ¿Por qué se le castiga? Una pregunta
para la cual no obtendrá respuesta sino hasta después de muchos años.
El único resultado favorable para
nuestro joven desgraciado es que es un estudiante notable, obtiene las mejores
calificaciones de su clase, es aplicado no por voluntad sino por costumbre,
alguien muy silencioso, que más bien parece un pequeño ratón de biblioteca que
un niño normal. Nuestro protagonista sueña con una juventud más libre pero
pronto sabrá que estaba muy equivocado si creía que sería libre de la
violencia, su error le abriría las puertas del Edén así como también lo condicionarían
el resto de su juventud…
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