Despierto con
el cuerpo entumecido por permanecer en una sola posición durante la noche y
parte de la madrugada. Antes de abrir los ojos, mi oído me dice que hay algo
que perturba mi descanso: ruido; abro los ojos y trato de descubrir al inepto que irrumpe en la madrugada con su insensato arrebato de festividad…vecinos.
No hay una especie que deteste más que ellos, siempre de juerga, siempre
celebrando algo que escapa a mi comprensión, siempre causando alboroto, con sus
músicas estridentes y sus bailes sin imaginación, su andar vertiginoso y su
falta de percepción del mundo; pero quejarme del mundo no es una opción a estas
horas. Despego mi humanidad de la cama para aliviar mi vejiga, enfrento la
oscuridad conocida de mi cuarto y maldigo para mis adentros cuando mis pies
reconocen el lugar a las malas, llego al sitio de destino y hago lo que la
naturaleza manda. Salgo del cuarto y enfrento el reto de escapar de ese remanso
de paz para salir al calabozo que es mi casa. “Escapar”…suena hasta atractivo y
en realidad lo disfruto pues debo cruzar el pasillo sin hacer el menor ruido
posible pues convivo con una Hiena y un Demonio de Tazmania, si se despiertan querrás
haber sido sordo de nacimiento; abro la puerta a lo Houdini y salgo a las
escaleras, inhalo aire frio de la madrugada y ubico lo mejor posible al
bastardo que me quito el sueño, aquí hago un paréntesis mental, esta parte la
disfruto bastante, e imagino, de una forma digna de ser llevada al cine por
Quentin Tarantino, la forma en que irrumpiría en esa fiesta y aniquilaría a
todo ser viviente con un AK-47 (loado sea Mijaíl Timoféyevich Kaláshnikov: si no lo conocen búsquenlo en Wikipedia,
el conocimiento es gratuito iletrados), cierro paréntesis mental, sonrío y bajo
las escaleras, de nuevo perfecciono mis habilidades físicas para que los
escalones no suenen, al llegar a la planta baja me encuentro en otra zona de
guerra, el patio de juegos de mi creador, herramientas y pedazos de materia
prima sin utilizar regadas de forma más o menos ordenada, camino hacia la
oscuridad y abro la puerta de la otra parte del calabozo. Al entrar mi memoria
muscular evita la mayoría de las cosas, enciendo la luz y hago un
reconocimiento del lugar: olores, objetos y alguna sustancia alimenticia que mi
hacedora cocinó, bueno ese término lo tengo que discutir con ella pero me traería
una sarta de quejas que prefiero evitar, busco algunas provisiones y le doy vida
al monstruo de mi casa: mi computadora (pc para los más refinados), mientras
ese animal ruge con fuerza, mastico la comida con aburrimiento ya que el sabor
es inexistente y para no gastar más comida me imagino que es lo único que queda
en el planeta, rastreo internet en busca de algo que me saque del aburrimiento,
pero todo termina en el mismo sitio: “Facebook”, no es que sea el alma de la
fiesta, solo entro para revisar que cuenta esa “sociedad” y matar el tiempo en
uno que otro juego más o menos aburrido, regreso al santo patrono de los
ignorantes y desesperados, académicamente hablando: “Google”. Introduzco una búsqueda
al azar, leo y nutro esa masa que llaman cerebro…de entre tantas búsquedas y
perdidas, encontré un número mágico que me acompaña desde que me extirparon del
vientre de mi madre, si, no os asustéis, si fueron traídos al mundo con cesárea
fueron extirpados quirúrgicamente, es decir; son un tumor como yo…volviendo al número
en cuestión, encuentro el 16 y para hablarles de porque ese número es tan
importante tengo que contarles una historia, pero saltémonos esas
presentaciones biográficas que dan sueño y aburren hasta la muerte…hagámosla más
atractiva, finjamos que estamos en otra época o mejor aún, en otro siglo, se
preguntaran porque…pues porque las últimas
personas inteligentes nacimos a finales del siglo pasado, esta generación es
comida de gusanos…explicadas las razones procedamos al cuento…
Sábado, 16 de abril de 1988.
5:00 am.
En algún punto de la ciudad de
Caracas, Venezuela.
En alguna clínica de la capital yace un
infante quejándose al mundo de que el hambre y la falta del calor materno lo acosan,
su madre yace a varias habitaciones de distancia bajo los efectos de algún sedante
potente, la labor de parto se complicó y casi la lleva a la muerte junto con su
mas reciente retoño; el padre, abstraído de todo, conversa con el resto del
gremio familiar el nacimiento de su vástago pero el es un tipo que no se deja llevar
por esas sensaciones, es un hombre forjado en la pobreza y el trabajo duro, es
decir, un tipo que no tiene tiempo para las magdalenas ni los lloricas. La
madre es una mujer que también viene de los sitios más humildes de esa jungla
de cemento, pero bajo los sedantes es una suerte que recuerde quien es y cómo
se llama. Completando el círculo familia, se encuentra una niña de unos 7 años
de edad, expectante ante la idea de conocer al nuevo intruso de su vida, uno
que sin saberlo obtendría de ella el nombre por el cual sería conocido. La
familia celebra el nacimiento como toda familia venezolana, con jolgorio y
regocijo pero con cierto recelo del color de piel del niño, pues nació con un
tono purpura en la cara ya que el cordón umbilical se le enrollo en el cuello,
producto de un arranque de locura de la madre, la cual bajo los efectos de la anestesia
en cantidades no reguladas le produjo un ataque de histeria y casi se inmola
junto con el pequeño. Como toda fecha importante se nombran los supuestos
padrinos y madrinas del infante, se celebra sin más y así, hasta que todos
olvidan al pequeño y a la madre y celebran todo menos lo que en verdad importa.
Horas más
tarde la curiosa niña de 7 años entra a la habitación para ver al intruso, el que;
según los demás; le quitara su privilegio de ser la consentida de mama y papa,
al verlo siente repulsión al instante y grita que esa cosa no es su hermano y
que a la menor oportunidad lo botara en la basura, pero todos toman eso como
parte de la imaginación de la niña y no le prestan atención. Todos preguntan el
nombre de la criatura, y como nadie tenía ni la más mínima idea la hermana
suelta dos palabras que amarran al niño para siempre: Miguel Leonardo…nombre de
famosos pintores del renacimiento…pero que llegados a este caso no aplican
porque la niña saco ese nombre de unos gemelos que jugaban con ella en la
escuela. Así transcurren los días, que
se convierten en semanas, mostrando a un pequeño que paso de ser una masa de
mocos y llanto a ser una masa de grasa y peso considerable, producto de una
constante alimentación y un hambre voraz. Un ser que consume hasta el último
gramo de vitalidad de su madre, y que crece con una energía y gracia sin par,
si es que la brutalidad es graciosa a esa edad. Cabe destacar que su hermana jamás
cejo en el intento de botarlo a la basura pero la constante vigilancia de su
madre frustro todo intento de exilio por parte de la celosa niña, aunque sin
que ella lo quisiera el pequeño monstruo se fue ganando un espacio en su vida y
aprendió a quererlo, quizás producto de la constante convivencia a la que la
sociedad humana somete a sus integrantes o simplemente porque el infante le
causaba demasiada gracia con su torpeza tan natural a esa edad y así comenzó la
vida del pequeño ser.
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