lunes, 12 de septiembre de 2016

Dia 6. Alejado del Honor



  Han pasado unos cuantos meses en este pequeño lado del mundo y aquí estamos de nuevo, lamento haberme apartado de las letras pero existen cosas y sucesos que te arrancan de la escritura por causas mayores. La vida en nuestro humilde rincón del mundo se ha vuelto bastante lamentable, la escasez nos abruma a todos a pesar de que muchos “intentan” corregir eso a tiempo; siempre es la misma excusa por parte de los poderosos, se hace de todo pero en el fondo no se avanza ni un metro en esa dirección. Suficiente de momentos tétricos, ya es difícil aguantarlo todos los días y que te lo recuerden a cada rato es peor. Es hora de compartir imaginación y ocurrencia a partes iguales, esto es el mejor desintoxicante que puedo encontrar por los momentos, como es para ustedes queridos lectores, púes hay que hacerlo bien. Como publique unas historias atrás, ¿De qué sirve tener el mejor premio del mundo, si no tienes con quien compartirlo? Así púes, empecemos con la historia de hoy.

 En algún lugar del Mediterráneo…
Largo tiempo atrás…
 Llevamos más de tres cuartas partes del día caminando, no sé dónde estamos, pero sé que no somos muchos. Mi cuerpo se siente como de hierro, demasiado pesado para seguir caminando, demasiado golpeado como para moverse, pero tratare de ser lo más digno posible para morir como un hombre. Mis compañeros están en iguales condiciones, o en las peores que pueda imaginar…todo por el hambre voraz de algún noble sin sesos que invento una campaña “para acabar el mal de raíz”, patrañas sin sentido si me lo preguntan. Pero de nada sirve lamentarse, ya sé que en pocos momentos me uniré al resto de mis hermanos de armas en la otra vida, si es que hay una después de esta. ¿Cómo llegamos a esto? Es la pregunta escrita en los rostros que me rodean, para mí tiene una respuesta clara: La estupidez y la inexperiencia. Son la combinación perfecta para que un hombre se bañe en la sangre de sus soldados, un imbécil que solo por tener un apellido cree que es dueño del mundo. Esta mañana prometía ser un día duro, pero no estaba escrito que llegaría a ver lo malditamente duro que fue. Nos levantaron a patadas, cosa común en el regimiento, siempre parece que los oficiales tienen una prisa absurda para todo: El enemigo ya está formado, el enemigo ataca, el enemigo se mueve, el enemigo acampó. ¡Por los huevos de Júpiter! Esa gente ha de comer también, dormir y mear en paz y tranquilidad. Nos levantamos, formamos y esperamos las instrucciones del oficial al mando, mientras el bastardo llegaba con cara de pocos amigos y las trazas de una avanzada resaca, pobre infeliz, se notaba que se había llevado lo peor de las bodegas y aun su cuerpo estaba en mitad de la botella de vino. Nos sirvieron el desayuno más triste de nuestras vidas, frio y sin casi sustancia, al terminar empezamos a marchar a paso ligero, más de la mitad de mi desayuno debe estar en alguna duna de esta tierra malvada; la maldita arena completo lo que había faltado en nuestro desayuno, y aun así consiguió colarse en nuestros ojos y nariz, como si avanzar con el equipo completo no fuese de por sí ya una tarea muy difícil. Llegamos a la costa y ahí estaban nuestros enemigos, en perfecta formación y tan frescos como una joven dama; mientras nosotros llegábamos sedientos, con hambre y con más arena de la que tenía la playa. Nos formamos, todos se gritaban, maldecían y escupían. Mientras ellos nos veían desde su perfecta formación, y quizás hasta se reían de nuestra prisa sin sentido. Se dio la orden de avanzar y se acabaron las protestas, solo se escuchaba el millar de pasos y el constante grito del sargento diciéndonos que teníamos que hacer y que tan debiluchos éramos. Un cabrón al que le tengo estima, solía gritar más que una madre enfurecida o una esposa engañada pero, a la hora de combatir era el tipo más rudo que jamás vi, hasta que llegamos aquí. Estando a sesenta pasos de nuestros enemigos, nos dieron la bienvenida con una andanada de jabalinas y flechas que se llevaron la calma de la formación; en un abrir y cerrar de ojos estábamos bajo los escudos y veíamos la lluvia de muerte que caía sobre nosotros. Ese constante repiqueteo como si fuese lluvia sobre el escudo y la inconfundible mezcla de olores que vienen en ese momento...sangre, orina y heces…ese es el verdadero olor del miedo. Aun siento ese olor en mi nariz después de horas de caminata. Al parar la lluvia de flechas y jabalinas, la tierra tembló con el correr de miles de botas y el rugir de miles de voces lanzadas a la carga en una sola formación que solo acrecentaba el terror y el desespero en nuestros corazones, nos levantamos, clavamos el escudo en el piso, lanzas en ristre, y rezamos por que el hombre en nuestro frente no fuese tan hábil con sus armas…durante lo que tardamos en respirar, que nos pareció eterno, nos llegó la carga de la infantería enemiga; que nos sacudió como una hoja al viento. Mi mundo se hizo diminuto, solo tenía espacio para mirar al frente y algunas veces a los lados, pero mayormente al frente, donde el enemigo parecía no tener fin o conocer el cansancio. Al cabo de un rato  el cansancio empezó a hacer mella en mí, así como también en los que se encontraban a mi derecha e izquierda; fue en ese preciso instante en que nuestra línea se quebró. Sencillamente el empuje del enemigo fue superior al nuestro, eran más y luchaban con la fuerza de estar en su tierra, nosotros éramos los extraños, aunque nuestra disciplina era muy cacareada. A medio día ya estaban decididas las tornas, nuestro bando debió retirarse en ese momento, pero nuestro querido oficial decidió que solo era falta de un empuje mayor y el campo seria nuestro. Semejante idiotez es solo superada por la ceguedad de ese hombre, pero ya los dioses se cobraron la tozudez de ese hombre, la última vista que tuve de nuestro oficial era una imagen muy clara: media hasta de una lanza lo mantenía sujeto al suelo mientras un ave carroñera le sacaba los ojos.  El centro nuestra formación cedió y con el las ultimas fuerzas de nuestros cuerpos, empezamos a retroceder en orden pero el pánico sencillamente te da alas cuando tu vida vale mas que el honor o la disciplina; corrimos y aun escucho los gritos de los que cayeron antes de que hubiesen alcanzado nuestra retaguardia. Para los que sobrevivimos, nos concentramos en correr y correr, sin medir el tiempo o el cansancio. Solo se que llegamos a este pequeño oasis sedientos y débiles, apartando las heridas y el horror de la batalla. Pero solo es un pequeño descanso, pues el tronar de miles de sandalias anuncia nuestro fin, antes de partir de este mundo quisiera dejar constancia que me enfrente al enemigo con el corazón libre y la mente en calma…pero estaría mintiéndome…en un momento le pateare el trasero a nuestro oficial donde sea que nos encontremos…¡Dioses que sea rápido!



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